DESCUBRIENDO Un camino de letras: Pasión por la escritura

domingo, 15 de enero de 2012

Pasión por la escritura


Melanie Rostock

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Si me preguntaran qué es lo que más me llena de la vida, sin duda una de mis respuestas sería: escribir. No es solamente algo que me guste hacer, sino que me lo pide el cuerpo; lo necesita, como una adicción. 
En mi imaginación nacen personajes que quieren dejar su huella en el papel, mundos desconocidos que ansían ser explorados por lectores que crean en la magia de la fantasía, aventuras trepidantes que esperan su público. Los primeros que llamaron mi atención, que me obligaron a levantarme de la cama una noche a coger un papel en blanco y un bolígrafo, fueron los sáranis. Una especie de orejas puntiagudas, nariz chata y magníficas alas. Me dijeron que se dedicaban a hacer soñar a los humanos y que contemplaban la vida de sus elegidos a través de un espejo visualizador. Yo les pregunté cómo  transmitían las imágenes desde su mundo al nuestro, pues me parecía que podía ser algo bastante complicado. Aquí fue donde apareció Kérem, un sárani de trece años que estaba a punto de empezar el aprendizaje en la isla Sénesie, allí le enseñarían cómo hacer emisiones de sueños, y le seguí. También quería aprender, conocer ese mundo y a todas las especies que en él habitaban. Al principio no sabía qué aventuras le esperaban a Kérem, pero a medida que avanzaba, cogiéndole de la mano, descubrí que de él se esperaban grandes cosas, así que me dediqué a escribirlas para que todos supieran quién era, cuáles fueron sus hazañas, quienes fueron sus aliados y quienes sus enemigos.
Fue la primera una historia de fantasía, porque es la lectura que más disfruto, por ello, también es el género con el que más cómoda me siento escribiendo. Son algunas obras como La historia interminable de Michael Ende, Harry Potter de J.K Rowling, las que despertaron el gusanillo de la imaginación. Siempre me había gustado escribir historias, soy una enamorada de los clásicos de Walt Disney, pero no había surgido esa idea, esa esencia que caracteriza a una buena historia...pero cuando llegó, no me permití desaprovechar ni un sólo minuto para plasmarlo al papel. Cuántos años me han acompañado los sáranis, y cuántos más seguirán conmigo. Yo encantada de escribir sobre ellos, esperando que algún día otras personas puedan quererles tanto como yo. 
Sobre el blog, quería lanzar mis relatos al mundo de Internet, darme a conocer, explicar cómo avanzo por este camino de letras. También para recomendar libros que me hayan gustado y así guiar a lectores que compartan mis gustos. 
¡Bienvenidos, amantes de la literatura!
 



Silvia Fernández

Empecé a escribir con solo ocho años, y ya entonces comprendí que para mí, la poesía era algo más que un pasatiempo. Obviamente, a esa tierna edad, no era capaz de ponerle un nombre a lo que me pasaba. No era vocación, tal y como la define la RAE: «Inspiración con que Dios llama a algún estado, especialmente al de religión». Eso lo tenía muy claro. Yo no había escuchado voces celestiales ni nada de eso. Es más, la sensación física que me producía un poema no escrito se asemejaba más a un paroxismo por gases que a otra cosa. O lo sacaba o me dolía la tripa. Y el diccionario no decía nada de pedos. Así que acabé haciéndome contable y dejé de lado la literatura durante mucho, mucho tiempo. Tanto, que llegué a olvidar que alguna vez había escrito y aquello había llenado mi vida.

Pero uno no puede aguantarse los gases indefinidamente, y un día, exploté. Y lo que salió fue una novela que me costó cuatro años acabar, Donde nunca llueve. Y ahí fue donde me di cuenta de lo que significaba en realidad escribir. Que el diccionario no se equivocaba cuando hablaba de llamada. Y que la Literatura tiene algo de religión. Pero, sobre todo, comprobé la dimensión de la putada que le hacía Dios, o las Musas o quién fuese, a la pobre persona a la que enviaba su inspiración como un rayo divino. Tamaño XXXL.
Hace años, en la entrega de unos premios, una escritora consagrada le dijo al ganador, un novato que había presentado su opera prima al concurso, algo más o menos así: «¿Ya sabes dónde te metes?». En aquel momento pensé que bromeaba, que se sentía amenazada por el nuevo talento que podía quitarle el puesto en el Olimpo literario. «Vaya bruja», pensé. Pero me equivocaba. ¡Cuánta razón tenía aquella buena mujer! Lo único que estaba haciendo era avisar al recién llegado para que huyese mientras estaba a tiempo. Que por lo menos él se salvara.
En estos tiempos en los que la escritura narrativa se ha convertido en el nuevo punto de cruz, los editores de fascículos y los propietarios de Escuelas de escritura, deberían poner mensajes de aviso en las matrículas, como se hace con los paquetes de tabaco. Por cada satisfacción que te da la Literatura, tienes mil sinsabores. Te obsesiona, te destruye, te absorbe, nada le resulta suficiente; pero es tan adictiva que difícilmente puedes desengancharte. El cuerpo siempre te pide más. Como una droga dura. Y habría que informar a todos los que se inician en una práctica que les puede traer tantos dolores de cabeza, cuales son las consecuencias reales de sus actos. Y en qué puede acabar convirtiéndose su vida.
El problema es que a mí nadie me avisó. Y creo que a estas alturas, con una segunda novela en ciernes, ya es demasiado tarde. Pero desde este Blog espero poder llevar a cabo una labor de concienciación ciudadana al respecto, con consejos y muestras de lo pernicioso que puede llegar a ser el arte de la palabra. ¿Qué?¿Aún sigues ahí?¡Estás loco!…  Ah, ¿Que no?…  Bueno, tú mismo…  Si con todo lo que he dicho no he conseguido que cierres inmediatamente internet y huyas del ordenador, es que quizá es demasiado tarde para ti también. ¡Bienvenido a un Camino de Letras! 



  


Laura Romea

Si sois de Barcelona sólo deciros, sí, como el teatro.
Fue allí, en Barcelona – aunque lejos del Romea – donde pasé mi infancia, aunque he vivido en un pueblo cerca de Tarragona, París, Dublín y Venecia. Ahora tengo en mente mudarme a Turín o volver a instalarme en París, a ver cuando puedo llevarlo a buen puerto.
Soy licenciada en Filología Clásica, una carrera que hice por vocación; estudio un máster de E/LE  porque creo que es una buena manera para canalizar mis ansias de viajar, y trabajo en el sector editorial para estar bien cerca de los libros, mi otra gran pasión.
Pese a que todo esto me ocupa la mayor parte del día (sigo pidiéndole a algún dios que me regale cada noche tres o cuatro horitas más), saco tiempo de debajo de las piedras para intentar desentrañar qué es esto de escribir una novela y llevo un blog en el que escribo las impresiones de mis lecturas.
Como buena licenciada en clásicas me digo que escribir es tanto φὐσις como τἐχνη, tanto ars como natura, y por ello quiero compartir con vosotros los consejos, trucos, experiencias y curiosidades sobre este arte que encuentre en mi camino.
Por cierto, me gusta el siglo XVIII, el té japonés y los narcisos en tiesto.
Puedes seguirme en @lauraromea





M. Concepción Chillón

Pinté el recibidor de mi casa y una pared de la sala de estar de un arrebatador rosa oscuro. Colgué varios dibujos de un artista con el que me une una tesis doctoral. Tengo una tele de hace quince años que no funciona más que de objeto decorativo y complemento del DVD. Todo el mundo me dice que la cambie, pero ¿para qué? Hace su función y punto. En cambio exhibo con orgullo tres librerías donde se amontonan libros en dos filas; de literatura y de arte. De letras sí me nutro (me preocupa seriamente dónde ubicaré la próxima librería). La música suena casi siempre en mi casa; también cuando escribo, aunque depende; a veces prefiero escuchar el silencio, sobre todo cuando leo. Soy una apasionada de los clásicos, un poco snob, para qué negarlo. Pero por suerte tengo unos amigos estupendos que me dan un sopapo cuando me paso de la ralla.
Cuando no escribo, también escribo: sobre arte. Estudio, investigo y documento mis trabajos. Es a lo que me dedico profesionalmente y me encanta. Pero tengo bien presente que hace muchos años, cuando era una niña ingenua, escribí cuentos con sus ilustraciones bien pintaditas a rotulador, y de adolescente envié poemas desgarradores de amor y canté a la luna las desgracias de la juventud. Yo quería ser los escritores que leía. Vivir como ellos, escribir como ellos. Una página en blanco y un lápiz siempre han sido un campo infinito de posibilidades para manifestar emociones.
Sea lo que sea, literatura, arte, la vida, me muevo por emociones. ¿Idealista? No, hace mucho tiempo que abrí los ojos. Es, digámoslo así, una emoción y una pasión guerrera y un poco anarco también que me hacer ir a contracorriente.
Esa emoción fue la que nos llevó un día a Mel, Silvia, Noel y yo misma a plantearnos seriamente la vida como escritores en nuestro día a día, a apoyarnos, a leernos y a no darnos por vencidos por muy dura que sea la vida, que eso ya lo sabemos por más que lo digan nuestros padres, nuestras parejas, los periódicos y lo sepamos nosotros mismos porque lo sufrimos en nuestras carnes cada día. Por eso mi recibidor es de color rosa y soy escritora.

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